/// planteamiento

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En los últimos cuarenta años se ha prestado especial atención a la cuestión que aquí se plantea sobre los límites de lo natural y lo artificial. El texto de Jacques Monod, El azar y la necesidad (1970) puede ser un buen ejemplo. Más allá de la clarificación filosófica se puede observar como la ciencia puntera y la investigación científica concentran esfuerzos y obtienen resultados en áreas tales como la bioingeniería, las transformaciones e intervenciones genéticas o la inteligencia artificial.

Desde el árbol transformado por la poda, a la oveja Dolly, los desarrollos de tejidos a partir de células madre o los robots inteligentes vienen a desdibujar la separación entre ambas categorías.

La arquitectura siempre ha mantenido un doble vínculo con la ciencia.

El más obvio ha sido la técnica, la construcción en su concepción amplia, bien sea con la incorporación de nuevos mecanismos de cálculo más elegantes y precisos, el empleo de instrumentos auxiliares de dibujo y diseño o la disponibilidad de nuevos materiales artificiales, naturales  o compuestos.

Pero también ciencia y arquitectura se relacionan de otra manera. Nuestra disciplina encuentra sus fuentes de inspiración en las cuestiones que interesan en su tiempo, entre otras las de la ciencia.

Alguna relación guarda que la primera Ley de Keppler (1609) establezca las trayectorias orbitales elípticas de los planetas alrededor del sol y que Bernini, menos de treinta años después en San Carlo alle Quattro Fontane (1638) dibuje una planta elíptica, cuyos ecos llegarán a Madrid, algo tarde, de la mano de Ventura Rodriguez en la Iglesia de San Marcos (1749).

No es tanto el conocimiento preciso -científico o técnico- ni las metodologías propias de esos campos las que guían al arquitecto. Son cuestiones que forman parte del “gusto de la época”, del “zeitgeist” o espíritu del tiempo, de la inevitable contemporaneidad del arquitecto o el artista con su época.

La arquitectura (y los arquitectos en tanto que sus practicantes) responden a esos estímulos con su propia disciplina: dando forma a los programas y demandas sociales y/o del poder con los “ecos” de esos conocimientos incorporados a sus propuestas.

Tal es el caso de Le Corbusier al identificar la casa como  máquina y  de igual modo Giedion  no necesita un conocimiento profundo de  la teoría de la relatividad (1905 y 1915) para titular su ensayo “Espacio, Tiempo y Arquitectura” (1941).

La pérdida de apego a las taxonomías estrictas (entre otras la que encabeza este programa) también se pueden identificar actualmente entre las preocupaciones de nuestra disciplina.

Pueden servir de ejemplos de lo anterior el “uso mezclado” o la hibridación si de programas se habla, la necesidad de adaptabilidad y capacidad de transformación impuesta a la arquitectura actual, la propia exigencia de dotar de sistemas de autorregulación y control bajo la etiqueta de “smart cities” a las ciudades y la conciencia ambiental comprometida con el conjunto del territorio, todo él ya no considerado como natural sino como paisajes de “segunda mano”, alterados,  como los ceburros, artificialmente.

La arquitectura tiene que dar forma, respuesta, a estos programas o demandas sociales, entre otros.

En este contexto es donde encuentra cobijo la propuesta que lanzamos para el desarrollo del Proyecto Fin de Carrera, académica y disciplinar, relacionada con una lectura actual del lugar y el territorio, del campo y la ciudad, de lo rural y lo urbano:

Lo natural como artificial [y viceversa]

hugh herr[foto: hugh herr, MIT bionics designer]